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Frente a las crisis, Colombia y su dirigencia solo procrastina

Texto, Publicado el Lunes, 14 Junio 2021, en Noticias, Destacados

La actitud  siempre ha sido la de aplazar las soluciones de fondo. Y los resultados han sido momentos de profunda violencia, consecuencia de no atender los desafíos importantes que no pueden ser superados con los métodos de gestión habituales.

Crisis en Colombia / Foto tomada de @acnoticiasmx

 

Escrito por
Fabio Zambrano Pantoja
Director Instituto de Estudios Urbanos

En la historia de Colombia, al menos en su etapa republicana, se han presentado varias crisis profundas, y la respuesta a las mismas ha sido la de aplazar las soluciones, la de procrastinar. La primera de ella, la de la independencia, dio origen a una república con la Constitución de Villa del Rosario de 1821, que el próximo 30 de agosto cumple 200 años. En esta, se definió que el vacío de poder se resolvía mediante el establecimiento de una revolución política basada en la soberanía del pueblo. Se creó el pueblo y se inventó la Nación, pero la profunda transformación de pasar el origen de la legitimidad de dios a la soberanía del pueblo no estuvo acompañada de transformaciones sociales. No se suprimieron la esclavitud ni los tributos indígenas. 

Con la victoria militar algunas modificaciones se aplicaron ligeras reformas en el edificio social, quedó claro que los libertadores fueron sin ninguna duda revolucionarios en la política, pero moderados, inclusive conservadores en lo social. Este fue el primer aplazamiento de nuestra historia moderna. Como excusa, hay que reconocer que ningún país latinoamericano acompañó la revolución política con una social. Solamente lo hizo Haití.

La segunda crisis profunda, a pesar de tantas guerras y guerritas civiles, fue la Guerra de los Mil Días (1899-1902), que causó más de cien mil muertos (se habla de hasta 150.000). La respuesta a la crisis entre liberales y conservadores fue el gobierno de Rafael Reyes, dirigente pragmático, que buscó integrar a los derrotados, los liberales, al gobierno, en especial al líder opositor Rafael Uribe Uribe. Después de la defenestración de Reyes en 1909 siguió el asesinato de Uribe, en 1914, y con ello este pequeño frente nacional naufragó. 

Si bien el viento de los años veinte, con los dineros de la bonanza cafetera, la indemnización de Panamá y el impresionante auge económico, allanó las diferencias, las fracturas que habían ocasionado la cruenta guerra civil se quedaron sin solucionar y pronto reaparecieron. Al ritmo del impulso cafetero y de la incipiente industrialización, tuvimos una acelerada modernización, es cierto, pero se aplazó la modernidad, prueba de ello es que en esos años quien escogía al presidente era monseñor Herrera Restrepo, arzobispo de Bogotá.

Tercera crisis...

A la llamada Violencia, que empezó de a poco a poco en los treinta en Norte de Santander y luego en Boyacá, tomó impulso en los cuarenta, en Cundinamarca y saltaron al Tolima, Antioquia, Caldas y Valle y gran parte del país con El Bogotazo, la solución fue el Frente Nacional (1958-1974). De nuevo, ante la profunda crisis que duró más de dos décadas y más de cien mil muertos (para otros la cuenta pasa de los 200.000), la solución que se halló solamente se aplicó en la dimensión política, con la alternancia liberal y conservadora, en el control del ejecutivo y la repartición de la burocracia entre los dos. Si bien este acuerdo solucionó una de las causas de la Violencia, como era la competencia por el control del Estado, se dejaron las reformas sociales aplazadas. El Frente Nacional, fue, además, el ejercicio de impunidad más descarado que hemos conocido, pues los autores intelectuales de las masacres quedaron impunes, y fueron condenados los bandoleros, la chusma, como si estos hubieran sido los únicos sicópatas violentos.

Desde los años 50 hasta los 70 se registró un impresionante momento de crecimiento económico, de urbanización, de una profunda modernización que estaba impulsando la consolidación de una sociedad urbana, cosmopolita, más educada, con una mayor complejidad de clases sociales, y, quizá el rasgo más importante, una profunda secularización de la sociedad. Cada vez más laico, este es el país del tercer mundo donde más éxito tuvo la aplicación de los métodos de control natal. Toda esta profunda modernidad no estuvo acompañada de una reivindicación de esta, y se dio de manera silenciosa, sin ser asumida, casi que subversiva. 

Precisamente, no nos queda la imagen de los grandes cambios que hubo en esas décadas sino como el momento en que la violencia partidista se transforma en violencia guerrillera. Muy diferentes entre sí, ciertamente, de distintas causas, la evidente continuidad nos dejó como herencia una concepción circular del tiempo, de estar atrapados en el círculo de la repetición, de la desgracia de que ese sea nuestro código genético. 

De nuevo, a la crisis de la Violencia solo se le aplicó el calmante de la solución política, pero sin mayores transformaciones sociales. Se dejó a las libres fuerzas de la urbanización y de la economía capitalista que la sociedad se fuera acomodando, pero conservando las profundas desigualdades e inequidades que caracterizan a este país. Desde ese momento vivimos el crecimiento de un poderos aparato financiero que, desde la Upac en 1972, apuntaló el crecimiento económico y la transferencia de recursos de abajo hacia arriba. 

Cuarta crisis... 

En octubre de 1987 Margaret Thatcher, primera ministra británica, pronunció la frase “There is no society”, la sociedad no existe. Estigmatizaba con esta frase a los que “esperan demasiado de la sociedad y anteponen sus derechos sociales en detrimento de sus deberes”. Pronto dejó de ser un principio conservador para convertirse en un paradigma da las clases dominantes. ¡Toda una profeta! De manera visionaria, trazó el camino de occidente con esa gran fractura de la sociedad, conformada ahora por el mundo de arriba que abandonaba el interés común y los principios de la solidaridad social. Entramos en la asociedad. El resultado en Occidente ha sido la destrucción de la clase media.

En una total paradoja, en 1991 se aprobó una nueva Constitución, que introdujo modificaciones importantes en la estructura del Estado, al mismo tiempo que se abría la importación de alimentos y se decretaba la muerte del campesinado. Hoy se importa cerca del 40% de los alimentos y se convirtió al campesino en un desechable. También es cierto que se citan indicadores da cambios positivos, como la caída de la mortalidad infantil, el incremento de la alfabetización y la cobertura de la educación superior, de la mayor apertura cultural y la secularización profunda que se vive. Pero al mismo tiempo, se aceleraron todos los indicadores de desigualdades.

En Colombia, al igual que en Occidente, desde la crisis de 2008 la muerte de la clase media se aceleró y el resultado es que hoy los países son más desiguales y violentos del mundo. En Colombia, el año pasado se calculó que el 42,7 por ciento de la población como pobre, es decir unos 21 millones de colombianos, de los cuales 7,5 millones no comían el mínimo necesario, y uno de cada tres habitantes de las grandes ciudades no alcanzaban a las tres comidas diarias mínimas. Entre 2015 y 2020, el índice de pobreza nacional aumentó 6,4 por ciento, al pasar de 36,1 al 42,7 por ciento, con diferencias notorias entre las ciudades y el campo, porque creció 10,8 por ciento en las ciudades y cayó a -8,6% en el campo. La indigencia subió al 15,1 por ciento. 

Las cifras son de vértigo, pues se registra que el 87 por ciento de los colombianos ganan menos de dos salarios mínimos mensuales. Los nuevos pobres de hoy provienen de la reducción de la clase media, que pasó de 12,5 millones en 2019 a 14,7 millones en 2020. Y sigue creciendo con este año pandémico.

El resultado más allá de las cifras porcentuales es que Colombia forma parte de los cinco países de mayor concentración del ingreso en el mundo. Donde el racismo es profundo, la exclusión es atávica y las desigualdades protuberantes, en medio de una corrupción galopante. La movilidad social es mínima y con un fututo complejo, si se sabe que una persona pobre se puede demorar 11 generaciones para alanzar el nivel medio de los ingresos de la población (algo así como 275 años).

Todo este cuadro social se corresponde con mediciones hechas antes del comienzo de la pandemia. Hoy nos preguntamos si la crisis que se está viviendo es apenas un pequeño derrumbe que impide el paso en la vía del desarrollo o se corresponde con un movimiento de las placas tectónicas que soportan todo este edificio llamado Colombia. Frente a las crisis, la actitud ha sido la de aplazar las soluciones de fondo. Y los resultados han sido momentos de profunda violencia, consecuencia de no atender los desafíos importantes que no pueden ser superados con los métodos de gestión habituales. 

Hoy nos encontramos con una coyuntura en la que se expresan varias crisis de orígenes diferentes. Una crisis de salud, causada por la pandemia. Una crisis económica, de diversas procedencias. Otra, de orden público, derivada del paro general. Y, por último, sin ser menos importante, una crisis de representación política, causada por las dificultades de los partidos políticos tradicionales de tramitar las demandas de la ciudadanía. 

¿Podrá este gobierno darle trámite a todas estas presiones? O seguimos en la conjugación del verbo procrastinar como en las crisis anteriores. Todo indica que seguirá por la senda de aplazar, debido a que así se asegura los privilegios. De tal manera que, parodiando el cuento corto de Monterroso: Al despertar, la crisis todavía estaba allí. 

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    Las opiniones contenidas en este artículo no expresan la posición institucional del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia.

    • Etiquetas: Crisis en Colombia, Paro Nacional
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