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¿Derribar o resignificar monumentos? Un dilema entre la historia y la memoria

Texto, Publicado el Lunes, 26 Octubre 2020, en Destacados, Noticias

La destrucción o vandalización de monumentos en diferentes partes del mundo pone en evidencia la tensión permanente entre la historia de las sociedades y la memoria particular de colectivos o comunidades. Aunque cada uno de estos evoca un acontecimiento histórico, su representación y vínculo con el racismo, la esclavitud y el genocidio genera controversia en la sociedad del siglo XXI.

Monumento a las Banderas / Foto Alcaldía de Bogotá

 

Los monumentos son testimonio de procesos sociales históricos y fuente de información y conocimiento. En Colombia,  se los considera parte de los bienes muebles de interés cultural nacional localizados en espacio público y se encuentran, a cargo del Ministerio de Cultura. 

“Su significación primordial es rememorar y evocar a la memoria un acontecimiento o una persona, y lo que representa para la sociedad y la ciudad”, dice Monika Therrien, profesora de la Maestría en Patrimonio Cultural y Territorio de la Pontificia Universidad Javeriana. Sin embargo, “hay monumentos que se vuelven una agresión” para grupos históricamente discriminados como las personas afro o los indígenas, según explica Ana María Ferreira, profesora de la Universidad de Indianápolis. 

Justamente, la muerte de George Floyd en Estados Unidos desató una serie de protestas en el mundo en contra del racismo bajo el lema ´Black Lives Matter’; una de las expresiones de estas manifestaciones fue el derribo de monumentos relacionados con el pasado esclavista. La destrucción de estatuas de conquistadores también fue evidente en el estallido social de Chile en octubre del año pasado, y recientemente en Colombia un grupo de indígenas de la etnia Misak derribó la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar, ubicada en Popayán, Cauca, en rechazo a los actos violentos que se le atribuyen. 

La destrucción de monumentos ha estado presente a lo largo de la historia de la civilización. Ha sido una forma de borrar de la memoria un personaje o hecho histórico para, en muchos casos, imponer un nuevo símbolo que represente una nueva era. Lo ocurrido recientemente se ha considerado una forma de expresión del descontento social, de demanda ciudadana y de nuevas creencias y principios que chocan con las representaciones de discriminación y estigmatización. 

“La destrucción de los monumentos tiene que ver con la revisión de la historia, con analizarla desde otras perspectivas”, afirma la profesora Ferreira. Según la investigadora, desde 1992, cuando se celebraron los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón al continente, se ha propuesto repensar su figura en la historia. 

“Son preguntas que antes no se hacían, porque estábamos consumiendo pasivamente la historia;  creímos que ésta la cuentan los vencedores y no escuchamos a los vencidos. Tal vez es momento de destruir y cuestionar los monumentos, crear nuevos iconos o revalorarlos”, considera Ferreira.  

No obstante, aclara que la historia en sí misma no se puede destruir. “Cuando las personas derriban monumentos no están destruyendo la historia, precisamente se está haciendo viva y activa; tumbar monumentos es pensar la historia, cuestionar las narrativas canónicas y hegemónicas”, expresa la profesora de la Universidad de Indianápolis. 

Historia y memoria 

La destrucción de monumentos para reescribir el relato histórico es un debate complejo en el marco de lo que significan historia y memoria. El historiador Fabio Zambrano Pantoja, director del Instituto de Estudios Urbanos, explica que la historia es social y la memoria individual. La primera, es una disciplina que se basa en métodos probados y convalidados como la contrastación de fuentes y versiones, consulta de archivos, de memoria oral (colectivas e individuales), entre otros. 

“La historia tiene sus escuelas y métodos, y construye versiones que permiten ubicarse por encima de las interpretaciones individuales, bien sea de uno o unos testigos o de la memoria de un grupo social específico”, indica el académico. 

La segunda, la memoria, hace referencia a las impresiones personales que se elaboran a partir de un relato, un mito o ficción, y se pueden transmitir de una generación a otra. Es decir, “expresa el sentir de una persona o un grupo social específico; no quiere decir que no sea válida, esta visión es importante, pero tiene que ser contrastada con otras fuentes”, precisa el profesor Zambrano. 

En el caso concreto de Sebastián de Belalcázar, explica el historiador, “podría decirse que su comportamiento es reprochable, sin embargo, este personaje juega un papel fundamental en la historia de Colombia, dado que fue un fundador de ciudades y estableció los cabildos, las instituciones de gobierno urbano que siguen funcionando en el país”. 

“No podemos borrar de la historia a Belalcázar porque fue quien trazó Santafé de Bogotá, fue un gran urbanista”, insiste el director del IEU. Sin embargo, es posible convertir esa estatua en un instrumento pedagógico para ampliar y contrastar las versiones que hay sobre la memoria del conquistador.  “¿Retiramos la estatua de Belalcázar o mejor le agregamos el argumento que tienen los indígenas sobre él? Es una oportunidad pedagógica para ampliar el conocimiento histórico”, plantea el profesor Zambrano.

Más y mejores vínculos con la ciudadanía

La profesora Ana María Ferreira sostiene que si bien los monumentos corresponden a la sociedad y ciudad en la que fueron erigidos, en contextos políticos, económicos y sociales distintos a los actuales, esas estructuras han dejado de ofrecer un significado. “A veces se convierten en un referente para ubicarse, una marca en la ciudad, pero no enseñan, ni comunican, ni generan reflexión. Fue útil en su tiempo pero ha dejado de hablarle a la sociedad actual”. 

El problema fundamental, enfatiza la profesora Monika Therrien, es quién nombra el monumento o quién define qué va a ser monumentalizado. “La construcción de patrimonio cultural desde hace muy poco admite que el proceso de identificar, nombrar y preservar los monumentos debe contener un alto componente de participación”. 

La inclusión de la sociedad en general a estos procesos, las formas en que se relatan los acontecimientos y los espacios dispuestos para ello son fundamentales para la apropiación y preservación de los monumentos. El profesor Fabio Zambrano considera que es en el espacio urbano donde está la historia y, por eso, es importante usar la estatua como un instrumento pedagógico. “La traza urbana es una escritura en el espacio; la ciudad es un documento a cielo abierto”, describe.  

De acuerdo con el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, en Bogotá hay 350 monumentos conmemorativos y obras de arte en el espacio público, sin embargo, muchos están ubicados en sitios de la ciudad que no son de fácil acceso para los ciudadanos, no son caminables e imposibilitan un diálogo con ellos, según señala la profesora Therrien. 

Dinamizar los monumentos, acercarlos a la ciudadanía a través de las tecnologías de la información y las comunicaciones, insertarlos en la oferta turística, convertirlos en instrumentos pedagógicos y fortalecer la participación de la sociedad en los procesos de definición son retos fundamentales para la política pública, que si bien no evitarán el derribo, vandalismo o intervención de los monumentos, contribuirá a su resignificación y a la construcción de nuevos y más amplios relatos.

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    Escrito por Paola Medellín 

    Las opiniones contenidas en este artículo no expresan la posición institucional del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia.

    • Etiquetas: Derribo de monumentos, Estatuas, Monumentos, Patrimonio Cultural
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