¿Y si preguntáramos a las niñas y los niños cómo debería ser la ciudad?
Cuando pensamos en la ciudad, solemos escuchar las voces de urbanistas, arquitectos, funcionarios o especialistas. Son ellos quienes diseñan calles, parques, vialidades y espacios públicos. Sin embargo, pocas veces se consulta a quienes también habitan esos lugares todos los días: las infancias.
En una época en la que más del 80 % de la población latinoamericana vive en ciudades, resulta pertinente preguntarnos si los entornos urbanos realmente responden a las necesidades de las infancias. ¿Dónde juegan? ¿Cómo se desplazan? ¿Qué lugares les generan alegría, miedo o seguridad? ¿Cómo imaginan la ciudad en la que quisieran vivir?
El artículo presenta un estudio realizado con estudiantes de primaria en San Lorenzo Chamilpa, al norte de Cuernavaca, Morelos, México, ofrece algunas pistas para responder estas preguntas. A través de dibujos, maquetas y figuras de plastilina, las niñas y los niños expresaron cómo perciben, viven e imaginan su entorno urbano. Sus respuestas revelan mucho más que simples juegos infantiles: muestran formas de entender la ciudad que los adultos frecuentemente pasamos por alto.
La ciudad que heredamos y la ciudad que soñamos
Las ciudades latinoamericanas han crecido aceleradamente durante las últimas décadas. Sin embargo, ese crecimiento no siempre ha significado mejores condiciones de vida para todas las personas. La expansión urbana ha generado desigualdades territoriales, acceso diferenciado a servicios, pérdida de espacios públicos y una creciente dependencia del automóvil.
Las infancias son uno de los grupos más afectados por estas transformaciones. En muchos barrios, los espacios para jugar son escasos o inseguros; las banquetas son insuficientes; el tránsito vehicular domina las calles; y la posibilidad de recorrer libremente el entorno se encuentra limitada por diversos riesgos.
Paradójicamente, aunque las niñas y los niños son usuarios cotidianos de la ciudad, rara vez participan en las decisiones sobre su diseño y funcionamiento. Con frecuencia se les considera únicamente como personas que deben ser protegidas, pero no como ciudadanos capaces de opinar, imaginar y proponer.
El derecho a la ciudad plantea precisamente una visión distinta. No se trata solamente de poder vivir en una ciudad o acceder a sus servicios. Implica también participar en su construcción, apropiarse de sus espacios y contribuir a transformarla. Desde esta perspectiva, las infancias no son observadoras pasivas, sino habitantes con experiencias y conocimientos propios sobre el territorio.
Lo que revelan los dibujos
Los resultados del estudio realizado en Chamilpa muestran una interesante dualidad. Por un lado, las niñas y los niños representan la ciudad que conocen diariamente: calles, vehículos, escuelas, viviendas y trayectos habituales. Es una ciudad funcional, organizada alrededor de los desplazamientos y de las actividades cotidianas.
Por otro lado, cuando se les invita a imaginar una ciudad ideal, aparecen elementos muy distintos. Surgen parques más amplios, áreas verdes abundantes, juegos, espacios para convivir, animales, colores, agua y escenarios fantásticos. En muchos casos, la frontera entre realidad e imaginación desaparece.
Lejos de ser una simple fantasía infantil, estas representaciones reflejan necesidades concretas. Detrás de cada castillo, cada árbol gigante o cada parque imaginado existe una demanda por espacios más seguros, accesibles, divertidos y acogedores.
Las infancias parecen recordarnos algo fundamental: la ciudad no debería construirse únicamente para desplazarse o producir, sino también para jugar, encontrarse, descansar y disfrutar.
Escuchar para transformar
Uno de los hallazgos más relevantes de este tipo de investigaciones es que las niñas y los niños ejercen el derecho a la ciudad incluso cuando no conocen ese concepto. Lo hacen cuando expresan afecto por determinados lugares, cuando señalan problemas de su entorno o cuando imaginan alternativas para mejorarlo.
Sus dibujos y relatos constituyen formas de participación ciudadana que suelen pasar desapercibidas para las instituciones. Sin embargo, contienen información valiosa sobre las condiciones reales de los barrios y sobre las aspiraciones colectivas de quienes los habitan.
Escuchar estas voces implica reconocer que la planificación urbana no puede limitarse a criterios técnicos o económicos. Las ciudades también deben responder a dimensiones afectivas, culturales y sociales que influyen en la calidad de vida de las personas.
En un contexto donde muchas ciudades enfrentan problemas de desigualdad, fragmentación territorial y deterioro del espacio público, incorporar la mirada de las infancias puede abrir nuevas posibilidades para pensar entornos más inclusivos y sostenibles.
Una lección para los adultos
Quizá la principal enseñanza que deja este estudio es que las infancias no solo habitan la ciudad del presente: también imaginan la ciudad del futuro.
Sus representaciones muestran que otra ciudad es posible. Una ciudad donde el juego tenga lugar, donde la naturaleza esté presente, donde las calles sean seguras y donde las personas puedan convivir más allá de la lógica del automóvil y la velocidad.
Escuchar a las infancias no es un gesto simbólico ni una concesión pedagógica. Es una necesidad para construir ciudades más democráticas. Después de todo, quienes hoy observan la ciudad desde un metro de altura serán quienes mañana heredarán sus problemas, pero también quienes tendrán la oportunidad de transformarla.
Tal vez la pregunta ya no sea qué ciudad queremos construir para las niñas y los niños, sino qué ciudad podemos construir si comenzamos a escuchar lo que ellas y ellos tienen que decirnos.
Si deseas profundizar en la temática abordada en esta nota, consulta el artículo: “Derecho de niñas y niños a la ciudad. Estudio de caso en San Lorenzo Chamilpa, Cuernavaca, Morel”.
Instituto de Estudios Urbanos - IEU