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Esta vez no se trata -sólo- de cambiar un presidente -La propuesta de ciudad y el futuro de Colombia-

Texto, Publicado el Saturday, 14 May 2022, en Noticias, Destacados

“En efecto, decíamos que el arte, al igual que la generación, pertenece a la multitud. Esa pertenencia es biopolítica, y en cuanto tal está totalmente sometida a los procesos de transformación y a los dispositivos de producción de subjetividad que atraviesan la multitud2”.

Foto: Flicker

Fernando Viviescas M*

1- Los procesos históricos se van consolidando de manera subrepticia pero inexorable y por ello cuando sus expresiones más contundentes estallan siempre nos toman de sorpresa: dado que casi nunca tenemos manera de adelantarnos a su conformación, sólo el análisis posterior nos muestra cómo sus componentes han venido sucediéndose paso a paso.

Por lo menos ochenta años han transcurrido desde que la formación social colombiana inició el proceloso camino que la ha traído hasta convertirse hoy en una sociedad eminentemente urbana del siglo XXI, empezando a asumir de manera consciente y decidida la compleja existencia que le permita superar un pasado obscurantista y provinciano cuya persistencia la convirtió, a sangre y fuego, en una de las más violentas del mundo para mantener a la mayoría de sus conciudadanos sometidos a regímenes de inequidad y de barbarie que casi no tienen parangón en el continente americano.

La expresión contundente de la madurez crítica del referente político cultural que ha conformado la población colombiana en ese transcurso se materializa en la caracterización que la mayoría de la ciudadanía ha venido decantando con respecto al actual proceso electoral: para cada vez más grupos de personas va quedando claro que lo que estamos viviendo no se limita a un cambio rutinario de presidente.

En primer lugar, es evidente que con el gobierno que está finalizando se está agotando también el modelo de sometimiento que hace veinte años, en una de las peores crisis de gobernabilidad posteriores al Frente Nacional -dado que el Estado no había sido capaz de terminar el conflicto armado con las guerrillas de las FARC-, las castas tradicionales acordaron imponer con algunos sectores emergentes económicos y políticos que se habían venido formando desde finales de la década de los años setenta del siglo pasado los cuales, montados en la potencia económica del narcotráfico y en el respaldo del paramilitarismo, habían penetrado grandes ámbitos del espectro colombiano.

En segundo término, por primer vez desde la Independencia se dan las condiciones políticas -y dentro de la institucionalidad vigente- para que el gobierno nacional sea ejercido por sectores sociales y políticos que no son determinados, controlados o prohijados totalmente por las sempiternas élites nacionales, aquellas que durante más de doscientos años han impuesto casi siempre de manera violenta las formas de dominación y explotación que configuraron la lamentable situación que como sociedad presenta hoy Colombia.

2- Sobre esta doble constatación se sustenta la verdadera explicación -y la enorme trascendencia- de la inquietud que se ha instalado en el ambiente político-cultural del país, a la cual el evento eleccionario no ha hecho sino crearle las condiciones de difusión y de exposición de sus dimensiones y significados.

De allí que las características fundamentales del actual momento electoral sean, de un lado, la de la expresión contundente en el espacio público del anhelo de cambio profundo que ha venido experimentando la sociedad colombiana durante las últimas décadas y, del otro, la eventual consolidación de un proyecto de transformación fundamental en las formas de abocar el devenir del país: de su gobierno, de su desarrollo económico y de la conformación de su ser social, ambiental y cultural en el contexto de las naciones contemporáneas.

La primera como resultado del encuentro liberador de la dinámica transformadora colombiana con la realidad informática y crítica contemporánea internacional. La segunda -determinada en gran parte por la primera- como consecuencia del reconocimiento generalizado por parte de la mayoría de la población actual del país de que la violencia y el terror no son más que los sustentos tradicionales de la barbarie a que ha estado sometida esta formación social y que la ciudadanía actual está dispuesta superar con los elementos argumentativos que el mundo del siglo XXI pone a su disposición.

Nunca antes el grueso de la población colombiana había configurado una masa crítica tan grande y tan solvente en términos analíticos como la que ahora mayoritariamente le permite agruparse consciente y propositivamente alrededor de agendas programáticas que  se ubican en el entorno de la vanguardia política mundial, levantando problemáticas como el reconocimiento del otro: de la diversidad étnica, sexual y de género; la emancipación feminista, la inaplazable superación del patriarcalismo, sus derivaciones misóginas, homofóbicas, machistas; el levantamiento contra el racismo, la superación del chovinismo, de la xenofobia y la lucha contra el calentamiento global.

Lo anterior sin claudicar ante la tarea reivindicativa pendiente de la todavía ineludible transformación económica estructural que permita la creación de condiciones dignas de existencia para toda la población -urbana, rural- y la permanencia y cuidado del planeta.

Esta inteligencia interpretativa que sustenta los nuevos espectros reivindicativos -y su creciente apropiación por las multitudes en el espacio público- es la que ha dislocado al mediocre y atrasado entorno político del país que  no tiene cómo entenderla y, muchísimo menos, asumirla para tratarla por lo que -al no poder estigmatizar ya como “guerrillera”-inmediatamente pasa a reprimir violentamente desde el gobierno o, desde la arena del debate, a desconocerla o, desde las acomplejadas esferas intelectuales -incluso algunas académicas- nacionales, a descalificar como utópica o inviable, como pudo verse en las grandes movilizaciones del año pasado.

No la pueden detener, sin embargo, porque esa contundencia y riqueza discursiva que arrasa con la tranquilidad del statu quo está soportada -además de en la sintonía con el discurso de la agenda mundial- en la potencia de la crítica analítica, constructiva que, asumida y trabajada por ellas, le ha permitido a las masas colombianas configurar durante las últimas ocho décadas la espacialidad, el horizonte imaginativo de la mayor creación de nuestra historia como sociedad: el hábitat urbano colombiano.

Obra colectiva materializada en la edificación y mantenimiento de las ciudades que hoy constituyen el albergue de alrededor de cuarenta millones de mujeres, hombres, erigidas en medio de un ambiente atravesado permanentemente por la violencia social, política que, ante la incapacidad de las élites para configurar un Estado medianamente decente, ha caracterizado el devenir del país desde las primeras décadas del siglo pasado.

Hay que agregar inmediatamente que el despliegue de imaginación creativa que han realizado los sectores empobrecidos y medios colombianos para instalarse en este momento en el concierto de las naciones como una sociedad urbana no se ha limitado a la cuestión física, al urbanismo y a la arquitectura de nuestros centros poblacionales.

Ante la inopia imaginativa de las élites para diseñar una sociedad, esa muchedumbre ha tenido que crear también autónomamente los elementos intelectuales, espirituales, referenciales de una forma de vida: la existencia urbana contemporánea -la ciudadanía en multitud del siglo XXI- que nunca ha sido un proyecto de las castas dominantes.

3- Esto es de una gran significación porque demuestra que esas multitudes quienes, desde el momento en el cual forzaron la aprobación constitucional del Acuerdo de Paz de la Habana en 2016, han estado redefiniendo el sentido político-cultural del espacio público de las urbes colombianas -con arte, sensibilidad: música, poesía, literatura, pintura, escultura-, alcanzaron su gran nivel analítico, crítico, propositivo en el mismo ejercicio de décadas de construcción material, mental, psíquica del entorno urbano-arquitectónico  ambiental de los barrios y comunas en los cuales han desarrollado su hábitat, es decir, el contorno de su ser: mujeres, hombres; niñas, niños y adolescentes; pensantes, con psiquis, esto es, ciudadanías de su tiempo. El más grande y complejo ejercicio de Autopoiesis3 de nuestra historia.

Esta es la enorme dimensión de la compleja construcción física e intelectual que la población colombiana ha hecho desde los años treinta del siglo XX y que el establecimiento -con sus limitadas entendederas-  no tiene cómo comprender y mucho menos tratar pues el obsoleto aparato político administrativo de que dispone apenas da para “administrar” pueblos: cotos de votos y, al menor conflicto, desplegar los aparatos -legales y no tanto- para reprimir violentamente cualquier movimiento reivindicativo.

En este sentido es imposible soslayar que los cuatro candidatos con mayores posibilidades de llegar a la máxima magistratura han sido alcaldes de las principales ciudades del país (otros dos se quedaron en las “primarias” del mes de marzo) en las cuales unos de los principales problemas ha consistido en que las autoridades -que no cuentan con la menor inteligencia sobre un Estado moderno- no siempre pueden responder por el control territorial de las mismas y, por momentos, se les escapan completamente. 

Aunque esta no es una falencia que se circunscribe a los entornos urbanos. Como es de público conocimiento, en este momento (7 de mayo de 2022) aproximadamente 132.000 kilómetros cuadrados de 11 departamentos del occidente y el norte del país -más del 10% del territorio nacional- están controlados desde hace tres días por bandas delincuenciales.

A no dudarlo, la problemática urbana, tanto en lo que toca con su aspecto físico: su ocupación, su control, su ordenamiento, su planeación, su construcción, su densidad, como en el sentido político-cultural: su gobierno, su disfrute, su dotación, su cualificación en tanto que ámbito de existencia de las mayores multitudes de colombianos, tendrá que ser uno de los puntos fundamentales de consideración por parte del gobierno nacional. Por ello, preocupa que hasta ahora ese no haya sido un tópico relevante en la discusión ni en los debates en los cuales se han enfrascado las distintas candidaturas.

Pero no es solo el aparato político el que esté sobrepasado por la revolución urbana que hemos mencionado hasta aquí y que va a condicionar de manera definitiva el futuro de nuestra sociedad. 

Como se ha visto en este proceso eleccionario, las instancias de discusión, de debate se ha abierto de una manera extraordinaria no sólo porque “todo esté en cuestión” sino, además, porque la nueva era que estamos inaugurando se convierte -por tener como centro esencial a LA CIUDAD del futuro- en el espacio por excelencia de encuentro de saberes, de confrontación de formas de pensar, de concebir la existencia individual, colectiva que, como consecuencia, convoca al ejercicio del conocimiento, de la crítica y de la proposición: el manejo del conflicto de la vivencia colectiva de manera creativa e inclusiva, esto es, pacífica.

4- Así surge la demanda de una revolución igualmente importante, trascendental del aparato educativo de la Nación: la profundización de una ciudadanía consciente, como la que está surgiendo, consolidándose en Colombia exige el desarrollo máximo de conocimiento: de ciencia y tecnología, de arte; de sensibilidad: de cultura, de diseño que potencie la posibilidad de dar respuestas adecuadas a las necesidades materiales y psíquicas para una población que cada vez es más consciente del significado de la existencia individual y colectiva. Que la educación vaya desde la cuna hasta la tumba para que en todo momento los seres humanos que componen nuestra sociedad tengan la posibilidad de actuar “con conocimiento de causa” (Castoriadis).

Ello implica una revolución de la instancia universitaria que le permita atender con investigación y experimentación los procesos físicos, sociales, psíquicos que fundamenten las nuevas formas de plantearse las relaciones conscientes -esto es responsables- entre los hombres, mujeres y de estos con la naturaleza y los productos materiales e intangibles de la imaginación humana en esta formación social.

En este sentido, puede considerarse que, guardadas las consideraciones de tiempo histórico, las circunstancias que vive en este momento nuestro país tienen un antecedente que se le asemeja: la situación expectante en los años treinta del siglo XX durante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo -el de la “Revolución en Marcha”- cuando se dieron desde la institucionalidad los primeros pasos para que de manera consciente, pacífica se construyeran las bases de la instauración de una nación moderna: desde la Presidencia se reconocieron el sentido, la potencia tanto de la Ciudad como de la Universidad y se constituyó la relación inteligente y responsable entre las dos instancias.

Como se sabe, desafortunadamente, esa propuesta no pudo funcionar porque las fuerzas reaccionarias se encargaron de destruirla y hundieron el país en la noche oscura de “La Violencia”.

Así que puede existir la semejanza, pero su lectura desafía el optimismo en una especie de retruécano con dos esperanzas y la persistencia de una duda. 

En efecto, lo que haría alcanzable el desarrollo potente de Colombia hacia el futuro es que, de un lado, ya la propuesta urbana -en tanto que condensación de la diversidad- fue construida por la población y que, del otro, de manera consciente podemos realizar la salida de la tercera ola de barbarie en menos de un siglo, mediante la aplicación responsable del “Acuerdo de Paz” más reconocido en el mundo como prospecto de superación de la confrontación fratricida. 

La duda es que aún no se sabe quién será el presidente colombiano en el próximo período.

Como decíamos al principio de estas líneas, la historia va tejiendo sus propios procedimientos. Sólo nos queda esperar a que en esta ocasión hayamos propiciado como sociedad las condiciones de un futuro superior.

  • *106

    Realizada por:  Fernando Viviescas

    *1 Arquitecto Urbanista; Master of Arts., University of Texas at Austin. Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Colombia, adscrito al Instituto de Estudios Urbanos (IEU) de la misma universidad.

    2 Antonio Negri, Arte y multitudo. Nueve cartas, seguidas de Metamorfosis (Madrid: Editorial TROTA, 2016), p.86.

    3 “Desde el trabajo de los biólogos (Humberto) Maturana y (Francisco) Varela, la vida difiere de otras organizaciones, porque ella misma produce las condiciones para mantenerse en su existencia -por esto, estos biólogos denominan a la organización de la vida como autopoiética-” (…) “… con sus retos y particularidades, lo social es otra forma de manifestación del fenómeno fundamental de la autopoiesis.” Garavito G., M. C., & Villamil L., A. F. (2017). Vida, cognición y sociedad: La teoría de la autopoiesis de maturana y varela. Revista Iberoamericana de Psicología issn-l:2027-1786, 10 (2), 145-155. Obtenido de: https://revistas.iberoamericana.edu.co/index.php/ripsicologia/article/view/1253 

     

    Las opiniones contenidas en este artículo no expresan la posición institucional del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia.

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